“Tres razones de por qué Tabasco sí es un edén”, escribe Mauricio Candiani

La vida se disfruta construyendo momentos memorables que no confronten la cotidianidad de las inevitables obligaciones que solemos atender todos los días.

El trabajo, la familia y el descanso deben fluir en razonable armonía. Un viaje de negocios puede convertirse en una oportunidad para estrujarle a la agenda tiempo para descubrir recovecos y sitios que, por razones de su ubicación o falta de notoriedad, no suelen estar en nuestro radar ordinario.

Como al 80% de sus visitantes, el trabajo me llevó a Villahermosa. Desde que lo supe, se me antojó estirarlo en modo paphijos. Tenía años que no me paraba en Tabasco, pero ya había leído sobre algunos lugares dignos de visitar.

Sin dejarme intimidar por las distancias equidistantes, el calor o las varias advertencias sobre determinadas complejidades que enfrenta el estado, me permití descubrir 3 magníficos sitios:

1. Hacienda la Luz.- En su dicho, la parada favorita de mi hijo. Y no lo contradigo. Sus 50 hectáreas cacaoteras ahora adyacentes a la mancha urbana de Comalcalco y la antigua casa de su fundador el alemán Wolter, hacen de la visita una inmersión deliciosa en el mundo del chocolate de alta escuela. El recorrido guiado y la tienda son afinables, pero los productos que fabrican y la historia del emprendimiento que proyectan son deliciosos.

2. Sitio arqueológico de Comalcalco.- Es impactante. Me hubiera gustado recorrer el museo del sitio, pero para nuestra sorpresa y nula previsión cierran a las 4pm. Alguien tiene que decirle al INAH que la señalización y narrativa del sitio es ya en su mayoría ilegible y muestra abandono, pero deben felicitar al personal de jardinería. La impecable delimitación y cuidado de las áreas de pasto hacen lucir cada basamento y ofrecen perfecta dimensión de las plazas. Los niveles y la temperatura pusieron a prueba nuestra condición, pero ver el sitio desde arriba y la panorámica que la selva ofrece paga con creces el esfuerzo.

3. Tapijulapa.- El único pueblo mágico que tiene Tabasco. Enclavado casi en la frontera con Chiapas, el camino pavimentado se estrecha al punto de exigir un manejo ultra concentrado. Su arquitectura es sencilla pero con fachadas plausiblemente consistentes. Confluyen de dos ríos y una serie de actividades alternativas que incluyen tirolesa, recorrido de ríos, múltiples lugares de fabricación artesanal de productos de mimbre y varios comedores. El pueblo invita a una estancia mayor que los locales deberían estimular con mejor información del concepto de su Hotel Comunitario.

Una vez más, he confirmado que México se descubre sitio por sitio, momento por momento. No me quedó duda, Tabasco es un destino en sí mismo. Y en lo que regreso, contaré los días que pasarán hasta que pueda volver a desayunar en el Restaurante El Edén en Villahermosa.

¡Qué lugar! Pero como diría un anuncio en la televisión hace algunos años: “Esa, es otra historia…”

(Mauricio Candiani en El Financiero/Archivo)

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